domingo, 20 de septiembre de 2009

Villa Carlos Paz o la ciudad de la muerte

Digamos juntos, por ejemplo, que la remota posibilidad de una paz esta agazapada en la saliva de un hombre que canta. Así, empecemos la secuenciación dislocada de los episodios que acá se narran.
Tenía las manos sucias de hacer lo que no tenía ganas para quien no tenía ganas; tenía esa suciedad sólo hasta los cueros que esa superficial mugre alcanza. Todo lo demás era franqueza, sólo conmigo, por cierto.
El ¨ juntos ¨ del comienzo quizás tampoco se entienda más tarde. La noche había devenido de un día más, de un atardecer que a su vez era parido por una tarde más, como los balbuceos de una narración que nos descontrola de tanta repetición.
La hipocresía había sido, a las 19 y 48, una de las formas que propuse explorar.
A las 4 y 45 me di por hecho, no de la hipocresía que estaba explorando con mucha más facilidad y contento de lo que lo hubiera imaginado, me di por hecho de la suciedad; la pensé (digo, en realidad la sentí) estrechamente ligada a la sociedad. Cerca, la política, superpuesto e inseparable también estaba eso que ella llamaba amor y yo miopía. Con estas pequeñas certezas se iban ubicando mis dudas en los corredores del dolor.
Sin los embargos, me arrimo al fuego para quemarme las manos pensando en que no debería arrimarme al fuego, pensando en que no debería quemarme las manos por eso que siento.
La disputa esta planteada: lo que pienso versus lo que siento.
La hipocresía, la suciedad, el placer de un hombre al experimentar la lucidez desde la suciedad de este frío fuego.
20 y 45 llegó el cola del Agu y me propuse, adentro mío, siempre adentro mío (el ¨ juntos ¨ quizás no se entienda nunca), que el encuentro previo entre amigos fuera pura energía, como muchas veces lo fue: la música, el porro, los abrazos, la poesía.
Niños que juegan a no cuidarse por un ratito.
Las cosas cambian. Algunos niños, mal que les pese, se obstinan en no cuidarse; y somos un espejo, amigo; ese que moralizaba tu posible muerte era un agonizante, era yo. Perdido.
Por eso, prefiero un poema que diga alguna boludés, a esos que quieren decir lo más groso y se quedan con la lengua echa espuma gomosa como plumas de flor de papo.
Por eso, si le soy sincero, amigo, no lo voy a mirar a los ojos ni a decir algo como que lo quiero, le voy a decir que ya es tiempo de irnos, que se hizo tarde, que alguien con mas apuro en algún otro lado de este puto mundo, de esta sucia ciudad cualquiera, nos espera para darnos un abrazo hipócrita, para que los invitemos de nuevo a concedernos su tarrito de pintura vieja, que en alguna época, cuando querían ser mas altos, fue un zanco pintado con tempera de colores dudosos, y ahora, que miden 7 metros de mierda, guardan en la latita un par de poemas que dibujan a cada rato muecas claras de auto-resentimiento.
Y estoy con ustedes. Y acá quizás sí, desde la sinceridad pura, valga algo la palabra ¨ juntos ¨, ya no puesta en un discurso seudo político que quiere encontrar amor entre sujetos que se odian con el rencor mas dulce de la hipocresía. Quizás desde la limpidez de la luz que azota la vista, quizás desde el reconocimiento de un montón de negativos velados podamos decir que en esas fotos macabras que va tomando la vida estamos juntos.
Sólo estamos juntos en lo que no quisiéramos estarlo: esta soledad que nos carcome las manos, esta soledad tan cruda, que el sólo tener los huevos de sentirla un día mas, da vanidad.
Tengo frío.
Porqué no solucionas tus problemas Alejandro, me decís desde otro lugar que no llego a imaginar porque no me importa. Me pedís que solucione mis problemas y pienso lento en matarme, no en el suicidio, el suicidio se me figura demasiado certero como un camino bien marcado hacia lo que desconocemos, eso que puede ser dejar de ser. Desisto del suicidio porque va contra algo en lo que creo a la fuerza, por dolor; creo que la vida muchas veces es una mierda y otras veces sólo un poco menos mierda acercándose desprevenidamente a la belleza. La belleza es, por ejemplo: un sujeto en el patio de un barrio con cielo, trayendo tres damajuanas de vino agrio que cortaremos con agua tibia y tomaremos sabiéndonos ¨emparaisados¨. Las marcas en el cuerpo hinchado por el alcohol y el maltrato de la conciencia lucida que dejaron alguna vez las tiras de goma de una reposera decrepita que desde el patio lujoso del Lawn tenis llevamos honrosos al patio de la Rosa, en la lejana Rioja, en el perdido chilecito.
No, el suicidio no; si todos vamos de vacaciones a Villa Carlos Paz, yo prefiero ir caminando aunque me pinche hasta el culo y se me llenen los ojos de amor seco; prefiero caminar a ir por una autopista hasta la ciudad, donde una temporada seguro que veraneamos la posibilidad de dejar de ser, dejar de ser con todos nuestros papelitos e ideitas pretenciosas.
Elijo matarme, lo elijo obligado a elegirlo, pero lo elijo yo antes que cualquier hijo de puta que en una farmacia puede vender preservativos y muerte. No me enojo con los farmacéuticos, ellos tienen su paraíso de 24 horas abierto y con más luz que el mismo cielo donde vive el dios de los desconsolados antes de tiempo. No tengo problemas con los farmacéuticos, por el contrario, son sujetos de conciencia y acción: te duele la cabeza? no te tomés una bala, comprá una tableta de capitalismo acido, fúmate todo paraguay y llénate la boca hablando de lo copado que sos, de lo bien que cojes, de que sos de esos que les gusta el sexo respirado y los masajitos antes y después... Decí todo lo que quieras pero hacete conciente de lo hijo de remil puta que sos, como los farmacéuticos que medican risas de quetamina para caballos con cara de hombre.
Creerán que deliro; dirán: él delira. Yo pienso que ustedes, o vos, solamente vos, lector de esta sarta de incontinencias, pienso que vos pensas que yo deliro, pienso que vos sentís que yo soy un pendejo re contra remil pajero, y te cuento una cosa, deliro y acabo de masturbarme compulsivamente como un enfermo adicto a la angustia de no sentir el cuerpo, tenes razón, tus ojos mientras leen esto, están mandando un poquito de energía eléctrica a tu cabeza de pollo y allí se esta dando lo que la humanidad dice que nos diferencia de los animales: la razón; hoy mas que nunca, vos, lector, tenes razón, pero sabélo, con eso, no haces nada, con esa razón que ostentás como lo puede hacer un reverendo ante sus fieles, esa razón que huele a sobaco que no sabe cómo hacer para ser hombro, con esa razón que edificó facultades de desconsuelo y maquinas de lengüetear culos agrios de ego, con esa razón que dijo que los hombres y las mujeres -por cierto sobre todo las mujeres al mismo nivel que los hombres- se diferencian de los animales, esa razón, amigo lector, (en este momento le apoyo mi brazo en la espalda y casi le diría que me tienta el abrazo) amigo lector, usted, y esa razón que ostenta, no lo acercan más a nada que a la mismísima nada de un punto cuasi final, de todas maneras vos y yo vamos a terminar yendo a Villa Carlos Paz, de vacaciones por un largo rato, como si todos pudiéramos poner un punto final a algo.
Por eso descarto el suicidio. Es creer demasiado en el poder de los hombres, creerse el administrador de la muerte. Al mismo tiempo, escucho decir a las parejitas de tortolos idiotizados por la dulzura del sexo cucharita a la mañana, les escucho decir que pueden elegir el momento de darle play a la vida, a una nueva vida.
De por sí, todo intento vale, pero vale desde el conocimiento de de la incapacidad, desde el conocimiento de los límites, vale sólo desde el reconocimiento que hacemos cada puta noche de la mierda que somos; y vale que cada mañana despertemos olvidándolo para poder descubrirlo mas tarde y a la noche autodestruirse para a la mañana de nuevo olvidarse... Pero no vale que seamos tan ilusos de pretender creer que nosotros construimos Villa Carlos Paz o a la mismísima muerte. No vale que insistamos en ponerle rótulo de nombre y apellido a lo que no tiene consistencia ni sentido de ser embarrado con la absurda y dulce obstinación hipócrita que nos acarrea.
Te perdono las ocurrencias, los exabruptos. Te perdono aquella vez que me dijiste que mi vida te hacia acordar a un tango y cuando te pregunté desinteresado si el tango te gustaba me dijiste que no. Te pregunté con menos desinterés porqué mierda pasás tiempo conmigo, te obstinás en buscarme, en compadecerte, cerrás los ojos, no importan los tiempos verbales, lo que se narra es atemporal e implacable, es el desprecio, la soledad y la belleza de tus ojos cerrándose para adentro, el alma lastimada por mis palabras hirientes, perdonáme, no te quiero lastimar. Tampoco yo sé porque paso tiempo con vos, más allá de querer tu sexo.
Una noche hace 52 minutos te pregunte si sabías a cuánto estaba Villa Carlos Paz. Me miraste y dijiste que Carlos Paz está a la misma distancia de todos los hombres.

4 comentarios:

Cíclopa dijo...

Códoba... Córdoba... Todos los caminos conducen a...

Poetas Intenteros dijo...

vamo a lo de la rosa?!
Álvaro M.

SolDePreludio dijo...

"el alma lastimada por mis palabras hirientes, perdonáme, no te quiero lastimar."
Una vez, un amigo me dijo que le molestaba (y hasta le angustiaba) que luego de predicar en una misa(es seminarista) le dijeran que había estado "lindo" lo que había compartido. Porque el no buscaba decir cosas "bonitas", sino movilizar, remover, colisionar, ser un puntapié.

Que hiera todo lo que pueda herir, tal vez, tal vez
sea la única manera de acortar la distancia hasta Carlos Paz o hasta el pibe, o la piba que tenemos al lado.

pezon dijo...

quizá jugar a ser dios sea mas fácil que jugar a ser humano... y mucho más fácil que jugar a ser niño...