viernes, 24 de junio de 2011

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Y tengo ganas de decirte que mis días son intensos como ayer y que pienso con todas mis fuerzas en hacer todo lo cercano a mis chances para que mañana como hoy sea un día intenso en pensamiento en sentimiento en acción y en aprendizaje. ¿Seré muy pretencioso? Que se hagan de abajo los que dudan. Esta es también una cuestión de fe, fe concreta palpable y no comprable con nada, ni con el último modelo que se le pide a la difunta correa en los desiertos olvidados del país, no se compra porque no se vende, ni con palabras.
Y digo que mas allá de los hongos que no tomé, mas allá de las minas nuevas que no me culie, mas allá de los asados que no me comí, en estos últimos días le vi la cara a la muerte, todavía en otros cuerpos pero ya concreta certera e inentendiblemente en apariencia injusta, pero no, lo que huelo es la muerte como paso de prueba para cuerpos y conciencias que se animen a probar la curiosidad de comprenderse y aun así amar como un gesto simple, un mágico descuido habitual. ¿Seré muy optimista? Todavía puedo escuchar a los pesimistas, puedo hablar con ellos y hasta sentirme profundamente conmovido y comprender sus ánimos, sus palabras, su profundo miedo a la muerte, la gran mayoría guarda la huella profunda del sueño real que los manda a descansar y a conformar lo que no sabemos pero imanta. Un optimismo desnudo como el cuerpo familiar de las familias que en el medio del desierto, arrinconado el rancho entre los mares verdes de la soja ajena, con la sequia del alma de los tiempos que no acaban de subir el precio al desconsuelo de la desigualdad con discursos de esperanza. Un optimismo como la familia que resiste vender lo ultimo a la desidia, esa familia que hizo el rancho antes de que le pusieran el cartel esa familia nuestra que esta por donde sepamos ver.

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